Dos bulbos de vidrio con un líquido azul que sube de uno a otro, y parece hervir, con solo el calor de la mano.


Dos bulbos de vidrio soplado unidos por un tubo fino que hace un rizo de adorno. Abajo, el bulbo grande, con un líquido azul; arriba, otro más pequeño que acaba en una punta.
El tubo baja por dentro del bulbo grande hasta casi tocar el fondo. Dentro no hay aire: solo el líquido y su vapor (Güémez, 2011).
Basta coger el bulbo de abajo con la mano para que el líquido suba por el tubo, llene el bulbo de arriba y burbujee como si hirviera. En inglés se llama hand boiler (Güémez, 2011).
La punta del bulbo de arriba es el resto del tubo por el que se sacó el aire con una bomba de vacío, antes de cerrarlo a la llama (Güémez, 2011).
Sin aire, el espacio libre de los bulbos se llena del vapor del propio líquido, que es muy volátil: probablemente el mismo que el del pájaro bebedor (Güémez, 2011). Ese vapor empuja con una presión que solo depende de la temperatura, la presión de vapor. Si los dos bulbos están a la misma temperatura, las presiones son iguales y el líquido se queda abajo.
La mano, a unos 30 °C, calienta el bulbo de abajo (Güémez, 2011). Su presión de vapor crece muy deprisa con la temperatura, mientras que la del bulbo de arriba, a temperatura ambiente, no cambia.
El vapor de abajo empuja más y, como el tubo llega casi al fondo, sube el líquido hasta el bulbo de arriba. Mientras la mano siga ahí, el líquido se queda arriba (Güémez, 2011).

La mano da mucha más presión de la necesaria, así que el líquido sigue subiendo hasta que el bulbo de abajo casi se vacía. Entonces el extremo del tubo queda fuera del líquido y el vapor caliente escapa por él en burbujas, que atraviesan el líquido del bulbo de arriba.
Esas burbujas de vapor, y no de aire, son las que dan al aparato su aspecto de agua hirviendo.
El hervidor convierte parte del calor de la mano en energía potencial del líquido, que se podría aprovechar como trabajo, gracias a una diferencia de temperaturas: es una máquina térmica (Güémez, 2011).
Para subir el líquido una altura $h$ hace falta que la presión del vapor de abajo supere a la de arriba en
Con cloruro de metileno ($\rho = 1330\ \mathrm{kg/m^3}$) y una columna de unos $15\ \mathrm{cm}$:
La presión de vapor $P$ cambia con la temperatura según la ecuación de Clausius-Clapeyron,
con $L$ el calor de vaporización por mol y $R = 8{,}314\ \mathrm{J/(mol\,K)}$. Para el cloruro de metileno a $20\ \mathrm{^\circ C}$ ($T = 293{,}15\ \mathrm{K}$, $L = 28{,}8\ \mathrm{kJ/mol}$):
Basta un grado. Con la mano a $30\ \mathrm{^\circ C}$ la presión de abajo sube unos $23\ \mathrm{kPa}$, suficiente para una columna de $1{,}8\ \mathrm{m}$: por eso sube todo el líquido y el vapor acaba burbujeando. Caso límite: con agua ($P = 2{,}3\ \mathrm{kPa}$, $L = 44\ \mathrm{kJ/mol}$) harían falta unos $10\ \mathrm{K}$, todo lo que puede dar la mano en el mejor de los casos.

Para subir un volumen $V$ de líquido hay que evaporar abajo, como mínimo, los $n = PV/(RT)$ moles de vapor que ocupan su sitio, y eso cuesta un calor $nL$. El trabajo es $\rho g h V$, así que el rendimiento máximo es
justo el rendimiento de Carnot entre dos focos separados por el grado que hace falta. Calentar más no sube el rendimiento: el resto se va en hacer burbujear el vapor.