Una bola de vidrio con gas enrarecido en la que, al encenderla, brotan del centro filamentos luminosos de colores que buscan la mano que toca el vidrio.


Una bola de vidrio sobre una base negra. En el centro hay una bolita metálica sobre una columna, el electrodo, y el resto de la bola está lleno de una mezcla de gases nobles a presión más baja que la atmosférica (Güémez, 2016).
Al encenderla, del electrodo brotan filamentos luminosos, rosados y violetas, que llegan hasta el vidrio y se mueven sin parar. Si se apoya un dedo en el vidrio, los filamentos se juntan y van hacia él (Güémez, 2016).
Dentro de la base hay un circuito, que funciona como una pequeña bobina de Tesla, que pone el electrodo central a una tensión muy alta, de miles de voltios, que cambia de signo muy deprisa (Güémez, Fiolhais y Fiolhais, 2010; Güémez, 2016).
Esa tensión crea un campo eléctrico intenso entre el electrodo y el vidrio, capaz de acelerar los electrones libres que haya en el gas.
Un electrón libre, acelerado por el campo, gana energía. Si al chocar con un átomo del gas lleva energía suficiente, le arranca un electrón: ya hay dos. Esos dos arrancan otros dos, y luego hay cuatro, ocho, dieciséis… Es una avalancha de electrones (Güémez, 2016).
El gas, que era aislante, se llena de electrones libres y de iones: se ha convertido en un plasma, que conduce la electricidad. Es la ruptura dieléctrica, lo mismo que pasa en una chispa o en un rayo (Güémez, 2016).

Cuando los átomos recuperan sus electrones, o vuelven a su estado normal tras el choque, emiten luz. Cada gas emite unos colores característicos: por eso la mezcla de gases de la lámpara da sus tonos rosados y violetas (Güémez, 2016).
Para arrancar un electrón, el electrón acelerado tiene que recorrer suficiente camino sin chocar. En un gas enrarecido los átomos están más separados y el electrón recorre más camino entre choque y choque, así que basta un campo menor. Por eso la lámpara funciona con unos miles de voltios, cuando en el aire haría falta mucho más (Güémez, 2016).
Que la descarga forme filamentos se debe sobre todo a la presión del gas, y mucho menos a la forma del electrodo (Güémez, 2016).
En un gas a temperatura ambiente, la energía típica de las moléculas es del orden de $k T$, con $k = 1{,}38 \times 10^{-23}\ \mathrm{J/K}$ la constante de Boltzmann (Güémez, 2016):
En cambio, arrancar un electrón exige la energía de ionización $W_\mathrm{i}$ (Güémez, 2016): oxígeno, $12{,}1\ \mathrm{eV}$; criptón, $14{,}0\ \mathrm{eV}$; nitrógeno, $15{,}6\ \mathrm{eV}$; argón, $15{,}8\ \mathrm{eV}$; neón, $21{,}6\ \mathrm{eV}$; helio, $24{,}6\ \mathrm{eV}$. Es cientos de veces más: los choques entre moléculas no ionizan el gas. Hace falta un campo eléctrico que acelere los electrones.
Entre dos choques, un electrón recorre de media una distancia $l$, el recorrido libre medio. Para ionizar debe ganar en ese tramo la energía $W_\mathrm{i}$, así que el campo necesario es (Güémez, 2016)
con $r$ el radio de las moléculas y $n$ su número por unidad de volumen. Para el aire en condiciones normales, con $W_\mathrm{i} = 10\ \mathrm{eV}$ y $r = 10^{-10}\ \mathrm{m}$:
El campo es proporcional a la presión: con un gas a una décima de atmósfera bastaría diez veces menos. Los experimentos dan $E \propto P^{0{,}94}$, muy cerca de esa proporcionalidad (Güémez, 2016).

Caso límite: a presiones muy bajas el modelo deja de valer. Hay tan pocos átomos que el electrón llega al vidrio sin chocar, no hay avalancha y la descarga vuelve a costar más: es la ley de Paschen.